Cuando organizamos un evento, pensamos en el espacio, en los invitados, en el programa o en la parte audiovisual. Pero hay algo que también marca el ritmo de la jornada y que, muchas veces, se decide demasiado tarde: el catering. Porque no es lo mismo hacer una pause de veinte minutos durante una jornada de trabajo que terminar una presentación de producto con un coctel. Cada momento necesita su formato y, sobre todo, su tiempo.
No todos los eventos necesitan el mismo catering ni tienen los mismos tiempos
En una jornada, una reunión o un evento corporativo de varias horas, el coffee break es mucho más que un café rápido. Es el momento en el que los asistentes desconectan durante unos minutos, comentan lo que acaban de escuchar y, muchas veces, empiezan conversaciones que no estaban previstas.
Por eso, además de elegir qué ofrecer, hay que pensar cuándo hacerlo. Una pausa demasiado corta puede generar colas y prisas, mientras que una demasiado larga puede hacer que el evento pierda ritmo. Un buen coffee break debe permitir que los asistentes se tomen algo, se muevan por el espacio y vuelvan a la siguiente parte del programa sin sensación de interrupción.
El coctel tiene otro objetivo. Puede funcionar como cierre de una presentación, como parte de un evento de networking o como una forma de continuar la experiencia después de una jornada de trabajo.
Aquí el tiempo vuelve a ser importante. No es lo mismo ofrecer un pequeño coctel de media hora para acompañar el final de una presentación que plantear un encuentro gastronómico de varias horas. El tipo de comida, la cantidad y la manera de servirla deberían adaptarse al momento y a lo que queremos conseguir.
Además, un formato tipo coctel facilita algo que en muchos eventos es fundamental, que la gente se mueva, se encuentre y pueda hablar con diferentes personas. La gastronomía se convierte así en una excusa mas para relacionarse.

Dependiendo del evento, también puede tener sentido plantear un desayuno, un aperitivo de bienvenida, una comida sentada o incluso varios momentos gastronómicos a lo largo del día.
La clave está en no elegir el catering de forma aislada. Hay que mirar el programa completo. ¿A qué hora llegan los asistentes? ¿Cuánto dura la presentación? ¿Hay ponencias seguidas? ¿Necesitamos una pausa? ¿Queremos terminar con networking? Todas esas preguntas ayudan a decidir qué servicio tiene sentido y cuándo introducirlo.
También hay que tener en cuenta algo tan sencillo como el espacio. La distribución de las mesas, las zonas de paso o el lugar donde se sirve el catering pueden hacer que una pausa sea mucho más cómoda y fluida.
Un buen catering para eventos no debería convertirse en el protagonista cuando no toca, pero tampoco pasa desapercibido. Tiene que estar ahí cuando se necesita y desaparecer cuando llega el momento de volver a la actividad.
Por eso, cuando se organiza un evento, elegir el menú es solo una parte de la decisión. Hay que pensar en el formato, en los tiempos, en los asistentes y en cómo todo encaja dentro de la experiencia.
Porque al final, un evento está formado por muchos pequeños momentos. Y saber cuándo hacer una pausa, qué ofrecer en ella y cómo continuar después también forma parte de organizarlo bien.






