Cuando caminamos por Gran Vía, es fácil quedarse con sus grandes edificios, sus carteles, sus teatros o el movimiento constante de gente. Pero cada uno de ellos tiene una historia detrás. Y el número 27 no es una excepción. De hecho, mucho antes de que existiera la Gran Vía, este lugar ya estaba relacionado con el arte, la arquitectura y algunos de los personajes que forman parte de la historia de Madrid.
De una casa del siglo XVI a la Casa Matesanz
Para conocer la historia de Gran Vía 27 tenemos que viajar unos cuantos siglos atrás.
Antes de que esta avenida atravesara el centro de Madrid, en el lugar que ocupa hoy el edificio existía una vivienda del siglo XVI construida por Juan de Herrera para el escultor italiano Giacomo Trezzo. Su relación con esta zona de Madrid fue tan importante que su nombre quedó en el callejero durante siglos. La antigua calle de Jacometrezo pasaba por aquí y desapareció en buena parte cuando se construyó la Gran Vía.
Así que sí, antes de que Gran vía fuera Gran Vía, ya había historia en este lugar.
A principios del siglo XX, Madrid estaba creciendo y necesitaba una transformación. La solución fue crear una gran avenida que atravesara esta parte de la ciudad. El proyecto supuso una intervención enorme para la época. Se derribaron más de 300 edificios y desaparecieron calles enteras para dar paso a la nueva Gran Vía.
Y mientras Gran Vía empezaba a tomar forma, también comenzaba la historia del edificio que hoy ocupa el número 27. En 1919, los hermanos Antolín y Jacinto Matesanz encargaron a uno de los arquitectos más importantes del Madrid de la época, Antonio Palacios, el diseño de un nuevo edificio.
Palacios ya había dejado su huella en la ciudad con edificios como el Palacio de Comunicaciones o el Círculo de Bellas Artes. Para Gran Vía 27 planteó algo diferente a las tradicionales viviendas: una casa comercial. La idea era que el edificio tuviera tiendas, oficinas y despachos. Es decir, que fuera un lugar de actividad y movimiento.

Las obras comenzaron en 1921 y terminaron en 1923. Y aquí aparece uno de los detalles más curiosos del edificio: su interior estaba pensado para aprovechar al máximo la luz natural.
Durante los años 20 y 30, Gran Vía empezó a convertirse en uno de los lugares más importantes de Madrid. Los nuevos edificios, oficinas, teatros y hoteles hicieron que la zona adquiriera una personalidad propia. La arquitectura también ayudó, muchos de los edificios de la avenida estaban inspirados en las grandes ciudades estadounidenses.
En los años 50 y 60, se convirtió en uno de los grandes centros de ocio de Madrid. Los cines llenaban sus fachadas de enormes carteles y las cafeterías se convirtieron en puntos de encuentro. Uno de los lugares más famosos era Chicote, por donde pasaron personajes conocidos de la época como Ava Gardner.
Durante la Guerra Civil, los vidrios curvos originales de los miradores del edificio fueron destruidos y posteriormente sustituidos por vidrios planos. Años después, durante una rehabilitación, se recuperaron de nuevo estos elementos para devolver al edificio parte de su aspecto original.
Hoy Gran Vía es muy diferente a aquella avenida que comenzó a construirse en 1910. Pero hay algo que se mantiene. Desde la antigua casa de Giacomo Trezzo hasta la Casa Matesanz de Antonio Palacios, este lugar siempre ha estado ligado a la actividad y a las personas.
Hoy, en la quinta y novena planta de Gran Vía 27, encontramos Hub y Atelier. Dos espacios que, de alguna manera, se suman a una historia que empezó mucho antes de que existiera Gran Vía tal y como la conocemos.





